¿Qué es la prisionización?


Por Verónica Calvo Azcudun

Cuando una persona ingresa en prisión, sufre una serie de efectos psicológicos debidos a la necesidad de adaptarse a un medio nuevo, cuyas normas lo envuelven todo. Los sujetos son separados de sus familias, pierden (si alguna vez los tuvieron) sus trabajos, su contacto con la vida “normal”, que no va a parar porque hayan sido apartados de ella. Han de someterse a una disciplina férrea (relación de especial sujeción), en la que todo está reglamentado.

De la noche a la mañana, han de adaptarse a un ecosistema hostil, con sus propias normas, roles, patrones de comportamiento, agentes de control.. No hay que adaptarse sólo a la normas y forma de vida del establecimiento penitenciario, también a la “ley de la cárcel” “el código del preso” y las diversas formas de denominar a un sistema normativo, de alguna manera, que se desarrolla dentro de los muros de la cárcel peo al margen del sistema penitenciario.


Al proceso de adaptación a este duro hábitat, Clemmer lo llamó “prisionización” y Goffmann “enculturación “aunque en argot carcelario se conoce como “carcelazo”. Clemmer consideró que la prisionización era un proceso de asimilación, poniendo como ejemplo que de la misma forma que un inmigrante adopta los patrones culturales del lugar al que emigra, una persona que entra en la prisión sufre un proceso en el que adquiere las costumbres, normas y valores que le son propios a la prisión y a los prisioneros (Clemmer, 1940).

Desde el punto de vista de la supervivencia, está claro que adaptarse al medio es necesario, pero esa adaptación al medio carcelario, supone a su vez un paso atrás en la resocialización del interno.

EFECTOS DE LA PRISIONIZACIÓN:

  • Síndrome amotivacional: El sujeto parece no interesarse por nada, no le interesa la novedad y trata de defenderse de las emociones con una aparente dureza emocional cerrada influencias  externas.
  • Un aumento del grado de dependencia de los sujetos encarcelados, debido al amplio control conductual a que se ven sometidos. La mayoría de las decisiones que afectan a su vida diaria le son impuestas, escapando a su propio control.
  • Se dan dos reacciones contrapuestas: O bien se produce una autoafirmación agresiva –con fuerte hostilidad hacia todo lo que provenga de “la autoridad”- o la sumisión frente a la institución como vía adaptativa.
  • Devaluación de la propia imagen y disminución de la autoestima, concebidas como la valoración que el individuo realiza y mantiene respecto de sí mismo. El interno se define desde sus carencias y necesidades, no desde su potencialidad.
  • Comportamiento primario. Debido al amplio control al que se ven sometidos y a no tener capacidad de decisión sobre casi ningún aspecto importante de su vida, viven básicamente en tiempo presente, sin introspección, análisis de consecuencias ni proyección.
  • La privación de responsabilidad de los internos. La prisión no sólo priva de libertad a los presos, también de responsabilidad, al privarles de la más mínima capacidad de decisión y autogobierno. Ésta, tal vez es una de las peores consecuencias de la prisionización de cara a la reinserción social, puesto que un interno que ha de volver a la sociedad, si ha interiorizado y asimilado estos efectos psicológicos en un alto grado (y ello dependerá de su personalidad, el tiempo de estancia en prisión, sus relaciones sociales y familiares previas y coetáneas, etc.) estará más inclinado a la reincidencia.
Como se puede inferir rápidamente, de la lectura de algunos de los efectos de la prisionización, no sólo afectan al interno y su entorno familiar, sino también a la colectividad, tanto si se mantiene, al salir dentro de la ley pero con un comportamiento desadaptado, como si se da la peor de las situaciones, es decir, la reincidencia.

Entiendo que no se pueden eliminar de forma absoluta los efectos negativos de la prisionización, precisamente porque al fin y al cabo son las consecuencias negativas de un mal necesario mientras exista la pena de prisión: las de la adaptación a un medio por un lado absolutamente reglado y por otro, hostil. Pero hay forma de atenuarlas dentro y fuera de prisión.

Dentro, incorporando al tratamiento más programas formativos, ocupando más tiempo de los internos en actividades útiles, no quitándoles del todo la responsabilidad que como adultos les corresponde. Si, aquí me refiero al sistema de recompensas por trabajo o buen comportamiento, que es lo que nos queda. Siempre creeré que fue un error eliminar las redenciones, que hacían que un interno pudiera acortar su condena si trabajaba, estudiaba o mantenía un buen comportamiento prolongado en el tiempo. Se podían haber modificado, si le parecía al legislador demasiado tiempo de redención y hacer corresponder cada 3 o 4 días de trabajo o estudio a uno menos de privación de libertad, por ejemplo.

Y ello porque funcionaba en dos direcciones: por un lado, les daba una esperanza de acortar su condena y ello hacía disminuir el síndrome amotivacional y por otro,  porque les hacía en cierta manera responsables de su destino, al poder variar, acortándola, la longitud de su condena, así que aunque el centro decidiera por ellos qué se comía, cuándo, dónde se dormía, cuándo se levantaban, o si podían tener un permiso, ellos podían decidir, a través de sus actos, adelantar la libertad.

Fuera de prisión, si tuviéramos un sistema de cierto seguimiento de los internos, por ejemplo a través del parole o probation officer, o agente de la condicional que existe en muchos países, sobre todo anglosajones. En España hemos decidido hacer una especie de copy paste con la figura de la libertad vigilada.. Pero ¿vigilada por quién? Se supone que por el juzgado de vigilancia penitenciaria, algo absolutamente imposible dados los medios existentes en unos juzgados de vigilancia totalmente saturados que ya tenían mucho más que bastante con las funciones que ya tienen y que además, entiendo que no son la figura adecuada para ejercer ese control. El agente de la condicional debería ser una figura encarnada por trabajadores sociales y criminólogos encargados de vigilar, encaminar y ayudar al condenado.

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