Jugar a matar: El asesino de rol (Parte 1 de 2)

Por Paz Velasco de la Fuente
1.- INTRODUCCIÓN
Todos los psicópatas realmente juegan con una gran ventaja. Al resto de los mortales nos ganan en algo. Por eso, casi siempre que deciden  cometer un crimen, lo consiguen...  Ellos no tienen miedo, son depredadores sociales[1]. Esa es su mejor arma y el motivo de que nos produzcan pavor y un gran desconcierto puesto que no entendemos el porqué matan con esa frialdad. Lo que los distingue del resto de nosotros es un agujero completamente vacío en la psique, en donde deberían estar las funciones de humanización más desarrolladas. Su ausencia total del sentimiento de temor, remordimiento y empatía  los convierten en máquinas de matar: planean, ejecutan y disfrutan rememorando su acto.  JAVIER ROSADO CALVO es uno de ellos.

Cuando Javier Rosado contaba 21 años de edad  y siendo un brillante estudiante de  3ª de Químicas, creó un juego llamado RAZAS y convenció a su amigo y fiel seguidor Félix Martinez, estudiante de COU de 17 años, para salir en busca de una víctima a la que asesinar antes de las 04:30 de la madrugada del 30 de abril de 1994. Finalmente se decidieron por Carlos Moreno, un hombre de 52 años al que asestaron 19 puñaladas en la parada del autobús del madrileño barrio de Manoteras, mientras esperaba el autobús para regresar a su casa.
A Javier Rosado no le sirvió de nada intentar simular en el juicio, hacerse pasar por un enajenado mental e incluso decir a algunos de los psiquiatras que lo examinaron que tenia 43 personalidades diferente en su interior y que cuando actuaba lo hacia abajo la influencia y dictado de cada una de ellas.
La sección 2ª de la Audiencia Provincial de Madrid presidida por la Magistrada Mª del Carmen Compaired Plo dictó la sentencia de Javier Rosado: 42 años y 2 meses de prisión, con 28 años de reclusión mayor por asesinato, 4 años, 2 meses y 1 día de prisión menor por el delito de robo y 10 años y 1 día por el delito de conspiración para el asesinato. Su cómplice y amigo Félix Martinez, por la atenuante de su minoría de edad en el momento del suceso, se le condenó a 12 años y 1 día de reclusión menor por asesinato (Sentencia 632/98 de 25 de junio de 1998).
Han pasado 19 años desde aquel 30 de abril de 1994. Javier Rosado actualmente tiene 39 años. En la cárcel durante estos años se ha licenciado en Químicas (rama de medio ambiente), Matemáticas (estadística) e Ingeniería Técnica de Informática. Durante todo el tiempo de su internamiento, ha tenido una conducta ejemplar, pasando todo su tiempo, leyendo, estudiando y dando clases de matemáticas a otros reclusos.
En marzo de 2008, la Audiencia Provincial de Madrid, le concedió el tercer grado penitenciario, estimando el recurso de apelación interpuesto por el abogado de Javier Rosado, contra la decisión del juzgado de vigilancia penitenciaria nº 2 de Madrid, que denegó en enero y en abril de 2007 la concesión de este tercer grado.
Actualmente, Javier Rosado disfruta de plena libertad y está entre nosotros. Cumplirá 40 años en septiembre.
2.-  30 DE ABRIL DE 1.994: DIARIO DE UN PSICOPATA
La policía, en la orden de registro que obtuvo para acceder al dormitorio de Javier Rosado, incautó un documento que estaba en una bolsa que pertenecía a este y que contiene una detallada descripción de cómo se llevó a cabo el cruel y despiadado asesinato de Carlos Moreno. El escrito estaba mecanografiado en tres folios por ambas caras y redactado en primera persona. Cuenta las dificultades que tuvieron para asesinar a su víctima y los sentimientos que les provocó el crimen. En estos 3 folios concretamente al final del documento estaba escrito a mano: “día 30-04-1994. 4:15 de la mañana. Lugar: nº 26 calle Bacares. Nombre: Carlos Moreno Fernández” (Diligencia del grupo de homicidios).
"Salimos a la una y media[2]. Habíamos estado afilando los cuchillos, preparando los guantes y cambiándonos, poniéndonos ropa vieja en previsión de que la que llevaríamos quedaría sucia... Quedamos en que yo me lanzaría desde atrás y agarraría a la víctima mientras él le debilitaba con un cuchillo de considerables proporciones. El mío era pequeño pero muy afilado y fácil de disimular y manejar, y se suponía que yo era el que debía cortarle el cuello. Yo sería quien matase a la primera víctima".
El 30 de abril de 1994, el conductor del autobús que como cada mañana hacía una parada en el barrio madrileño de Manoteras, se detuvo a fumar un cigarrillo. Algo entre los matorrales cercanos le llamó la atención, y al acercarse, descubrió el cuerpo sin vida de un hombre de mediana edad sádicamente apuñalado. Todo parecía indicar que se trataba de un robo, pero la víctima llevaba 60.000 pesetas en uno de sus bolsillos y tenía el reloj puesto. Junto al cadáver se encontró un trozo de guante de látex supuestamente roto durante el forcejeo.
El crimen era todo un enigma hasta que la policía detuvo a los dos presuntos autores: Javier Rosado de 21 años, estudiante de 3º de Químicas y Félix Martínez de 17, estudiante de bachillerato. Los jóvenes se conocieron en un centro cultural en el que se reunían todas las tardes para jugar al rol, especialmente un juego inspirado en el racismo e ideado por el propio Rosado: Razas. Un día, Rosado propone a sus compañeros de juego el implicarse más de lo habitual y buscar una verdadera víctima siguiendo las instrucciones de Razas... Nadie salvo Félix parece tomárselo en serio.
El 30 de abril de 1994 Javier Rosado y Félix Martinez estuvieron un buen rato sentados en un parque planeando el crimen. Habían decidido matar preferiblemente a una mujer, y desde allí, iban descartando posibles víctimas entre la gente que pasaba. Al cabo de una hora, hartos de esperar, se pasean por las calles cercanas en busca de su "presa". A las cuatro y media, ya desesperados y rabiosos optan por matar a la primera persona con la que se topasen, y ésta sería Carlos Moreno, un empleado de limpieza de 52 años que se encontraba esperando el autobús para regresar a su casa.
"Nos preguntábamos ya, que hacer, cuando vimos a una persona andar hacia la parada. Era gordito y mayor, y con cara de tonto. Discutimos seriamente la última posibilidad. Lo planeamos entre susurros: sacaríamos los cuchillos al llegar a la parada, le atracaríamos y le pediríamos que nos ofreciera el cuello (no tan directamente, claro), momento en el cual yo le metería mi cuchillo en la garganta y mi compañero le apuñalaría en el costado. Simple".
"Desde el principio me pareció un obrero, un pobre desgraciado que no merecía la muerte. Era gordito, rechoncho, con una cara de alucinado que apetecía golpear, barba de tres días, una bolsita que parecía llevar ropa y una papeleta imaginaria que decía "quiero morir" menos acusada de lo normal. Si hubiera sido nuestra primera posibilidad allá a la una y media, no le hubiera pasado nada, pero... ¡así es la vida!".
"Me agaché en una pésima actuación de un chorizo vulgar a punto de registrar una chaqueta, le dije que levantara la cabeza y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un sonido estrangulado, de sorpresa y terror. Nos llamó "hijos de puta". Volví a clavarle el cuchillo en el cuello, pero me daba cuenta de que no le estaba haciendo prácticamente nada excepto abrirle una brecha, por la que caía ya sangre. Mi compañero ya había comenzado a debilitarle con puñaladas en el vientre y en los miembros, pero ninguna de estas era realmente importante, sino que distraía a la víctima del verdadero peligro, que era yo."
"Decidí cogerle por detrás e inmovilizarle lo más que pudiera para que mi compañero le matara. La presa redobló sus forcejeos, pero estábamos en la situación ideal, conmigo sujetándole y mi amigo a un metro dándole puñaladas. Empezaba a molestarme el hecho de que no se moría ni debilitaba, lo que me cabreaba bastante. Seguí intentando sujetarle y mis manos encontraron su cuello, y en él, una de las brechas causadas por mi cuchillo momentos antes. Metí por ella una de mis manos y empecé a desgarrar, arrancando trozos de carne arañándome las manos en mi trabajo...”
“... era espantoso: ¡Lo que tarda en morir un idiota! Llevábamos casi un cuarto de hora machacándole y seguía intentando hacer ruidos. ¡Qué asco de tío! Mi compañero me llamó la atención para decirme que le había sacado las tripas. Vi una porquería blanquecina saliéndole de dónde tenía el obligo y pensé: ¡Cómo me paso! Redoblé mis esfuerzos divertido, y me alegré cuando pude agarrarle la columna vertebral con una mano, atrapándola, empecé a tirar de ella y no cesé hasta descoyuntársela...”
“...A la luz de la luna contemplamos a nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano. Me miré a mi mismo y me descubrí absoluta y repugnantemente bañado en sangre. A mi compañero le pareció acojonante, y yo, lamenté mucho no poder verme a mí mismo o hacerme una foto. Uno no puede pensar en todo..."
“...el asesinato debió durar ¡20 minutos!. Nos lavamos bien, decidimos tirar mis pantalones (también se habían manchado), brindamos, nos felicitamos, nos reímos y me fui para mi casa donde me cambie de pantalones y metí los viejos en una bolsa que escondí en un cajón. Mis sentimientos eran de paz y tranquilidad espiritual total: me daba la sensación de haber cumplido con un deber, con una necesidad elemental que por fin era satisfecha: me sentí alegre y contento con mi vida desde hace un tiempo repugnante”
“Mis sentimientos por hacer el asesinato en sí mismo no existían en absoluto, demostrándome que mi mente era fría y calculadora en cualquier situación y dándome esperanzas para otras acciones. No sentí remordimientos ni culpas, ni soñé con mi víctima, ni me inquietaba el que me pillaran. Todo eso eran estupideces. Comparé todo esto con mi compañero y coincidimos punto por punto. Nos dijimos que no estaba mal para unos “amateur” y nos sentimos realizados”.
Casi al final de este macabro diario, Rosado confiesa que incluso brindaron y se fumaron un puro felicitándose por el crimen. No sentía ningún tipo de remordimientos, y estaba seguro que apenas tenían posibilidades de atraparle. En las últimas líneas escritas, menciona un próximo crimen:
"Pobre hombre, no merecía lo que le pasó. Fue una desgracia, ya que nosotros buscábamos adolescentes, y no pobres obreros trabajadores. En fin, la vida es muy ruin. “Calculo un 30% de posibilidades de que nos atrapen, más o menos. Si lo hacen será por las huellas dactilares o por irse de la lengua. Si no nos atrapan, la próxima vez le tocará a una chica, y lo haremos mucho mejor..."
Durante el juicio, el diario fue una de las pruebas más importantes presentadas que inculpaban directamente a los dos jóvenes, y consideraba a Javier Rosado como autor e inductor del asesinato de Carlos Moreno. Los psicólogos y expertos no se pusieron de acuerdo sobre la personalidad de Javier Rosado. Mientras unos lo trataron de psicópata frío y calculador que debía ir a la cárcel inmediatamente, para otros no era más que un loco peligroso con esquizofrenia paranoide, que debía ser internado en un centro psiquiátrico.

VER SEGUNDA PARTE...



[1] Hare los llama “depredadores sociales”, ya que son capaces de adoptar cualquier conducta o realizar cualquier cosa con tal de lograr sus objetivos.

[2]Los jóvenes planificaron el crimen en la tarde del 30 de abril, reunidos en casa de Félix. Allí Javier Rosado habría diseñado un esquema en un papel donde dibujó a un hombre calvo con tres pelos a cada lado de la cabeza, denominándolo “Benito” y al que definió a un lado del papel con la expresión “es la polla”. Fuente: Diario el Mundo, de 9 de Junio de 1994.



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