La condena de los inocentes


Por Fernando Qualytel

Los hijos de cualquier sociedad del planeta están sometidos al peligro de convertirse en víctimas de verdugos escondidos en todas las capas sociales.  Independientemente de las raíces culturales de cada país, debería prevalecer el valor universal de protección de los menores.

Esto no siempre es así. Aunque hablemos de un país desarrollado, tercer mundista o una economía emergente, el fenómeno de la globalización expone al mismo peligro de una realidad injusta  a los menores de todo el planeta.


Existe una lucha legal continua para proteger a los menores contra la violencia sexual y otro tipo de delitos, como tráfico de órganos o adopciones ilegales,  dentro de sociedades en las que predomina un sentido  patriarcal y machista, que tolera y justifica, bajo un falso supuesto de orden social, la violencia contra la mujer y sus hijos.

Cuando la dependencia sociocultural y biológica de la mujer ha cesado respecto a esa sociedad machista y tradicional, ha generado  un resentimiento en algunos hombres, que ven en la independencia femenina la perdida de su propiedad. Una inseguridad que puede encontrar respuesta en la expresión de  distintos micromachismos. El sexo entendido como arma para combatir esa pérdida puede ser una de esas expresiones.

Las agresiones sexuales y los abusos a mujeres y menores, son  expresión de violencia machista. Se comenten abusos sexuales contra los menores, independientemente de su sexo y la edad legal de cada país.  En los conflictos armados los abusos sexuales son un arma física y psicológica que se emplea contra el enemigo.  Y existe un turismo sexual que comercia con menores.

El agresor sexual de menores tiene su primer comportamiento de abusos a temprana edad, siendo víctima de otros niños de su mismo vecindario, hermanos mayores u otros parientes . También es frecuente que los agresores sean los padres biológicos, padrastros, hermanastros, distintos profesionales o voluntarios que se dedican al trabajo con niños. Es frecuente que los abusos sexuales se repitan en el tiempo más de una vez en la misma víctima.  

Cuando la policía desarticula una red de pornografía infantil, encuentra como usuarios a ingenieros, informáticos, estudiantes, profesores universitarios, miembros del clero,  e incluso a mujeres y a otros  menores de edad.

Los menores, respetuosos con la autoridad de los mayores que deben velar por su integridad y felicidad, se ven sometidos al chantaje sexual que se manifiesta por parte del víctimario, cuando este amenaza con represalias u ofrece premios y regalos a sus inocentes víctimas.

Victimas atemorizadas y avergonzadas que no cuentan a nadie su terrible experiencia. Muchas veces el silencio del entorno familiar, y de la propia sociedad, ayuda al victimario a consumar su agresión sexual al quedar impune de todo delito.  Por miedo o vergüenza es difícil que una víctima  denuncie por si mismo los abusos sexuales a que ha sido sometido, recurriendo al silencio si no es apoyado por su familia o amigos para dar ese tremendo paso.

No extraña la cifra negra de víctimas de abusos sexuales que emerge, cuando una de estas víctimas denuncia a su verdugo y es secundado por todas las otras víctimas. No solo voluntarios que trabajan con niños o guías espirituales y religiosos son candidatos a convertirse en victimarios. En muchos casos de abusos existen problemas maritales y alejamiento sexual de la pareja.

Las víctimas de abusos sexuales se pueden convertir en abusadores tras la pérdida de confianza en sí mismos, y atacar a la siguiente generación. Solo la implicación de todos los miembros de una sociedad, puede evitar que se repita continuamente el título terrorífico que ilustra el relato de esta realidad.

No hay comentarios:

También te puede interesar