El criminólogo sin-vergüenza

Por Carlota Barrios
Según la Real Academia Española de la Lengua, se entiende por ser un sinvergüenza ser un pícaro o un bribón, o en otras palabras, ser una persona que comete actos ilegales en provecho propio, o que incurre en inmoralidades.
No es mi intención alentar a los criminólogos a convertirse en unos sinvergüenzas en el sentido estricto de la palabra, pero sí que pretendo, a través de la publicación de este artículo, inspirar a perder la vergüenza a aquellos a los que la timidez limita a la hora de ser criminólogos.
Me explico:
Hay quien desea limitar su actividad profesional como criminólogo a la divulgación, a la enseñanza o a la parte más teórica de la disciplina, y por supuesto, esta es una opción respetable y porqué no, necesaria.
No obstante, la Criminología tiene también su parte de ciencia aplicada, y toda esa teoría de la que nos nutrimos como profesionales, existe porque en algún momento de la historia de nuestra disciplina alguien se tomó la molestia de desarrollar una investigación de campo, de realizar un experimento empírico o de indagar de manera práctica en alguna cuestión.
Se puede investigar desde casa con un ordenador y bibliografía, e incluso emplear las nuevas tecnologías para obtener datos sobre fenómenos sociales que nos resulten interesantes como criminólogos (por ejemplo a través de cuestionarios online o de las redes sociales). El problema está en que no todas las investigaciones se van a poder desarrollar de esta manera, y que vamos a limitar enormemente el potencial de la Criminología si no nos aventuramos más allá de los libros.
Lo importante no es necesariamente “salirse de lo establecido”, porque en realidad uno puede simplemente querer probar por sí mismo aquello que ha leído en un libro, o dicho de otra forma, no es necesario inventar algo nuevo para experimentar la Criminología aplicada.
Ahora bien, si algo es seguro es que muchos de los proyectos prácticos que queramos desarrollar van a implicar un desplazamiento, una interacción con personas y una cierta persistencia.
Muchos investigadores del campo de las ciencias sociales coinciden en que lo más difícil para ellos es obtener los datos necesarios para una investigación, bien porque es complicado, bien porque lleva mucho tiempo, etc.
En mi experiencia personal he descubierto que a menudo, concurren ambas cosas: ni es fácil acceder a la gente para que responda una serie de preguntas, ni lleva poco tiempo.
Pero volviendo al tema que nos ocupa, ¿puede haber aún más dificultades para conseguir los datos para una investigación? Claro que sí, porque tampoco podemos obviar las dificultades personales del criminólogo, o sea, nuestras dificultades.
En mi caso, me ha costado horrores superar mi timidez a la hora de desarrollar algunos proyectos que implicaban un cierto grado de interacción con desconocidos. Y en realidad, en Criminología puede ser bastante complejo encontrar un proyecto que no requiera obtener información de ciudadanos o de un colectivo determinado de personas (véase el ejemplo de las encuestas de victimación, los cuestionarios o las entrevistas personales).
Aún en los casos en los que he desarrollado un proyecto que no implicaba interacción alguna con otras personas, tengo que reconocer que he tenido que pasar vergüenza, porque normalmente implicaba hacer algo poco convencional, como pasar dos horas en una esquina con una videocámara, observar algo desde el coche tomando anotaciones en un libreta, o usar indiscriminadamente una cámara para fotografiar arbustos y mobiliario urbano.
Las personas que pasaban cerca y se fijaban en lo que estaba haciendo, o aceleraban el paso o se me quedaban mirando con una cara de asombro indescriptible.
Es por ello que hasta cierto punto, hay que obligarse a salir a la calle a realizar las investigaciones de campo que nos den un poco de vergüenza, precisamente porque superarla nos va a permitir trabajar de manera más eficiente y enfrentarnos a retos mayores.
Algunos de los trucos que he usado para superar la timidez durante el desarrollo de mis proyectos, han sido del todo inútiles (como usar un traje formal mientras trabajaba, usar gafas de sol con la esperanza de no ser reconocida, o realizar algunas prácticas con nocturnidad). De dichos trucos sólo puedo decir que a la larga, entorpecen el trabajo y no te hacen más competente para el mismo.
La única cosa que me ha funcionado y que por lo tanto, recomiendo, es motivarse lo suficiente con la idea o proyecto que queramos desarrollar y olvidarnos de quienes somos en el momento de la verdad: cuando hables con alguien porque tienes que entrevistarle o hacerle un cuestionario, mentalízate de que estás siendo un criminólogo; cuando estudies un fenómeno o recopiles información en público y te sientas observado, mentalízate de que esas personas están viendo a un criminólogo en acción.
Y desde luego, no hay nada vergonzoso en ello, sino todo lo contrario; debe ser motivo de orgullo porque por suerte o desgracia, la mayoría de la gente prefiere trabajar desde la silla del despacho, y así no hay ciencia que pueda denominarse como tal.
En definitiva, recordar que somos criminólogos y que determinadas situaciones son los gajes del oficio, puede resultar aterrador si sufrimos de una timidez exagerada, pero con el tiempo, es recomendable transformar esas ideas en un algo positivo.
Ser un criminólogo sin-vergüenza es por tanto, una tarea más dentro de la amalgama de deberes que tenemos como profesionales. 
Es necesario hacerse a la idea de que el criminólogo es un investigador de la vieja escuela, ya que los avances tecnológicos nos han brindado una serie de ventajas técnicas, pero no han cambiado en esencia, nuestra manera de investigar. No somos como esos científicos que investigan observando a través de un microscopio, porque nuestros objetos de estudio están allá fuera (crimen y control social), y al mismo tiempo dentro de cada persona (víctimas y delincuentes).



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