En el campo del honor

Fernando Qualytel
En la Edad media, cuando se ordenaba a un caballero, recibía una palmada a mano abierta en la cara, ritual que marcaba ese momento como la última vez que aceptaría una ofensa sin devolver un desafío.
De esa tradición medieval, se entendía que cualquier caballero que fuese golpeado con un guante estaba obligado a aceptar el desafío,… o dejar en baja estima su honor. A la mínima demostración de desprecio u ofensa hacia un miembro de la alta sociedad, los partidarios del ofendido demandaban una satisfacción del ofensor.
Golpear al ofensor en el rostro con un guante, o tirar el guante al suelo delante de él, era el detonante para batirse en un duelo y zanjar el asunto. Cada parte en disputa, debía elegir un padrino que acordaría el lugar destinado a convertirse en campo del honor.
El padrino daba fe del ritual: tenía que verificar las armas, las reglas y en caso de que su representado falleciera, hacerse cargo de su cuerpo para ser entregado a sus familiares y dar parte ante la autoridad. Los duelos se efectuaban tradicionalmente al amanecer. La parte ofendida podía estimar su satisfacción en los siguientes términos: “A primera sangre”, en cuyo caso, el duelo finalizaba tan pronto como uno de los duelistas resultaba herido, incluso si la herida fuese leve. Hasta que uno de los contrincantes fuera “severamente herido”, de forma tal que se encontrase físicamente incapacitado para continuarlo.
Y finalmente, “A muerte”, en cuyo caso no habría satisfacción hasta que la otra parte estuviera mortalmente herida. Era común encontrar duelos “a pistola”, donde cada parte disparaba su arma sin acertar al blanco. Era en este punto donde el desafiante finalizaba el duelo al obtener su satisfacción ante la ofensa. Menos común, pero no menos cierto, era cuando el duelo continuaba hasta que uno de los caballeros fuera herido o muerto. Pero, un intercambio de más de tres series de disparos era considerado bárbaro, además de ridículo, por la falta de puntería.
La parte ofendida podía detener el duelo en cualquier momento, si creía satisfecho su honor. Para un duelo de pistolas, las partes debían ubicarse espalda contra espalda con sus armas cargadas en la mano, y caminar un número prefijado de pasos, volverse al oponente y disparar.
Típicamente, cuanto más grave era el insulto, menos eran los pasos a caminar. En muchos casos los padrinos solían demarcar el suelo previamente, indicando el punto donde los duelistas debían detenerse, girar y disparar. A una señal, frecuentemente un silbato, los oponentes podían avanzar hasta las marcas y disparar a voluntad.

Bajo estas condiciones, una o ambas partes podían intencionalmente errar el disparo, con el objetivo de cumplir las formalidades del duelo, sin pérdida de vida u honor. Una práctica habitual de algunos duelistas. Hacer esto, obviamente, resultaba muy arriesgado, si el oponente no estaba dispuesto a hacer lo mismo.


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