En la escena del crimen

Por M. Helena Pacheco Licea (Ciudad de México)
Se ha cometido un delito, y es deber del perito en criminalística (o dactiloscopista) acudir a la escena. Al entrar, se da cuenta de que el lugar de la investigación “está hecho un desastre” en cuanto al orden, pero en cambio, es una mina de oro para la investigación criminalística.
El perito se decide, y saca de entre sus herramientas una singular brocha (al menos eso parece) y unos frascos, con lo que pareciesen ser polvos de diversos colores.
Se tratan de reactivos químicos-físicos e instrumentos para poderles manipular, auxiliares en el revelado de huellas dactilares latentes, útiles para la identificación del perpetuador, aquel personaje que ha creado semejante desorden.
Aquellos frascos son los reveladores físicos, polvos finos adhesivos a la grasa dejada en la superficie de los objetos, en dónde el perito sospecha que el perpetuador ha sido descuidado, y ha dejado sus huellas impregnadas. El perito lo piensa un poco, y de acuerdo a la tonalidad de la superficie, elige un color que le haga contraste al objeto.
Es ciencia aplicada.
En éste revelado de huellas se utilizan diversas clases de reactivos:
-En superficies oscuras, vendrá bien el carbonato de plomo, aluminio y óxido de zinc;
-para superficies claras, son útiles el negro de humo y el grafito;
-y aquellas superficies lisas de objetos de diferentes colores, los polvos de colores fluorescentes resaltados con luz ultravioleta o luz xenón, harán aparecer las huellas de una forma colorida y espectacular.
El criminalista (o dactiloscopista), evalúa la situación, elige un color y toma de entre sus herramientas aquellas brochas, hechas de pelo de camello, fibra de vidrio, pluma de caribú, o similar idónea.

Inicia el trabajo. El perito pasa la brocha, impregnada con un poco del revelador físico, delicadamente sobre la superficie. Poco a poco, en los lugares idóneos, aparecen las huellas.


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